Por: Georgina Vega, para Revista “Muy Interesante” México – mar 2019

El término “lisztomanía” fue creado por el poeta alemán Heinrich Heine (1797-1856) para definir la ferviente respuesta de las masas ante las virtuosas interpretaciones al piano del músico húngaro Franz Liszt.

Cuando lo veían entrar a la sala de conciertos las mujeres gritaban emocionadas. Ante la mirada expectante del público, Franz se sentaba al piano, se quitaba los guantes, los arrojaba al suelo y comenzaba a tocar: sus delgados y largos dedos parecían volar sobre las teclas al tiempo que su melena hasta los hombros se movía rítmicamente. Al verlo, las asistentes enloquecían, algunas se desmayaban y otras corrían al escenario, empujándose unas a otras, para recoger los guantes o cualquier objeto que el músico dejara caer. Franz Liszt fue el primer artista de la historia en provocar tal frenesí entre el público. No se había visto nada igual antes de 1840.

Niño prodigio

El compositor y pianista húngaro Franz Liszt (1811-1886) fue un niño prodigio. Su papá, Adam, que también era músico, empezó a darle lecciones desde temprana edad. Tal era el talento del niño que a los nueve años dio su primer concierto, y a los 12 recibió el apoyo de varios aristócratas de su país para estudiar en Viena. Ahí tomó clases de composición con el italiano Antonio Salieri y el austriaco Carl Czerny, quien había sido alumno de Beethoven.

Meses después, Adam llevó a su hijo a Francia para inscribirlo en el Conservatorio de París, pero las autoridades no lo aceptaron porque era extranjero. De todos modos decidió que Franz permaneciera en la capital francesa para que siguiera recibiendo clases privadas y dando conciertos.

En 1826, cuando tenía alrededor de 15 años de edad, el pianista comenzó a presentarse en varias ciudades europeas. Su carrera iba en ascenso, desafortunadamente, al año siguiente, la repentina muerte de su padre le causó una profunda depresión que lo hizo regresar a Hungría y lo alejó de los escenarios durante dos años.

No fue, sino hasta 1830 cuando decidió volver a París para continuar su formación. A partir de entonces el artista empezó a despegar a niveles insospechados. Tanto, que pasaría a la historia como el pianista más brillante de todos los tiempos, así como el primer músico en tener “fanáticos eufóricos”.

Paganini, su mayor inspiración

En la Ciudad de la Luz, el joven Liszt se codeó con grandes músicos de la talla de Chopin, Berlioz y Mendelssohn, cuyo talento le hizo darse cuenta de que debía trabajar duro para ser un artista tan virtuoso como ellos. Pero Paganini, el “violinista del Diablo”, fue quien se convirtió en su máxima inspiración después de haber asistido a uno de sus conciertos en París. La manera en que este genio italiano tocaba el violín causó en Franz una gran fascinación que lo llevó a practicar tenazmente durante horas y horas, con el propósito de alcanzar la perfección en el piano. Tenía 20 años.

En mayo de 1832 le escribió a su amigo y alumno Pierre Wolff: “Mi mente y mis dedos están trabajando como los condenados. Homero, la Biblia, Locke, Byron (…), Beethoven, Bach, Hummel, Mozart, Weber, están a mi alrededor. Los estudio, los devoró furiosamente. Además practico cuatro o cinco horas al día. Si no me vuelvo loco, encontrarás en mí a un artista”.

Al poco tiempo se vestiría de gloria… Los grandes triunfos llegaron a partir de 1839, cuando empezó a ofrecer conciertos por toda Europa y Asia menor, y creó el concepto de concertista de piano. Antes, los pianistas no se presentaban solos en la sala de conciertos, siempre lo hacían como parte de una orquesta, además de que el piano iba colocado de frente al público. Liszt fue el primero en dar él solo un recital y en poner el instrumento de lado para que el público viera el teclado y el movimiento de sus manos, así como en ejecutar de memoria las piezas (sin llevar las notas, lo cual en esa época era considerado de mal gusto).

Lisztomanía: fiebre en Berlín

La gran habilidad de Franz para el piano y su extravagante personalidad dejaba impresionado al público femenino. “Las mujeres se sentían especialmente atraídas por sus conciertos, como más tarde sucedería con los de Paderewski, y se producían escenas de frenesí, durante las cuales las damas impresionables se desmayaban o disputaban por los guantes que él arrojaba de forma negligente sobre el escenario”, comenta el historiador Harold C. Schonberg en su libro Los grandes compositores.

Aunque esas actitudes comenzaron a verse desde los conciertos que el húngaro ofreció en París, fue a partir de 1840, durante sus presentaciones en Berlín, cuando el fenómeno alcanzó su clímax. Cuatro años después el poeta alemán Heinrich Heine lo bautizó como “lisztomanía”, tras haber asistido a una de las galas del pianista.

Franz era la sensación entre las mujeres de la capital alemana, nunca antes se había mostrado tanto furor por un artista. En los conciertos le arrojaban flores, gritaban, mientras él tocaba el piano agitando histriónicamente su cabellera. Tal era la atracción del público femenino por el solista, que algunas mujeres recogían las colillas de cigarro que dejaba a su paso y se las guardaban en el escote.

Pero no sólo las cautivaba a ellas. Vladimir Stasov, un crítico ruso, quedó completamente impresionado durante uno de los recitales: “Nunca en nuestras vidas habíamos estado en presencia de un temperamento tan brillante, apasionado y demoniaco… la actuación de Liszt fue absolutamente abrumadora”.

Tal como señala el pianista británico Stephen Hough, “Liszt tenía una personalidad muy dinámica. Sedujo a la gente, no sólo de manera sexual, sino también desde el aspecto dramático. Alguien que, como un gran orador, fue capaz de captar a la audiencia”. Esa admiración por Franz llegó a su máxima expresión cuando la Universidad de Berlín suspendió las clases para que los alumnos participaran en un desfile dedicado a despedir al artista. Algo inédito.

Las causas del frenesí

En aquella época en que el decoro inundaba los conciertos de música clásica, la lisztomanía llegó a ser considerada como un trastorno psicológico que, incluso, se temía fuera contagioso. Años más tarde, el mismo Heine, quien acuñó el término, acusó a Liszt de pagarle a su público para que lo ovacionaran en sus conciertos; sin embargo, nunca pudo comprobar nada.

Lo cierto es que Liszt fue el primer artista que provocó euforia e histeria entre el público. La doctora Ruth Deller, especialista en comunicación y comportamiento de masas en la Universidad Sheffield Hallam, en Inglaterra, afirma que se trataban exactamente de las mismas reacciones que podemos ver hoy día con algunas estrellas de rock. Y como muchos expertos en el tema, coincide que la ‘lisztomanía’ fue precursora de la ‘beatlemanía’.

Lisztomanía al cine

En 1975 se estrenó Lisztomanía una película escrita y dirigida por Ken Russell. El film relata, con varias libertades, la vida del compositor húngaro Franz Liszt. Cuenta con las actuaciones de Roger Daltrey (vocalista de The Who), Paul Nicholas, Sara Kestelman, Veronica Quilligan, Fiona Lewis y Andrew Reilly. Otras estrellas hacen apariciones en la película, entre ellos el ex Beatle Ringo Starr, Oliver Reed y Rick Wakeman (de la banda Yes). Wakeman, además, adaptó la música de Liszt y Wagner para el film.

Un comentario en “LISZTOMANÍA, EL PRIMER “ROCKSTAR” DE LA HISTORIA

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